La propuesta de legalizar la marihuana amenaza con ser el tema político controvertido de la temporada.
Los más conservadores aseguran que la legalización de las drogas podría ser algo así como destapar la caja de Pandora; los argumentos se centran en los niños y en los más jóvenes que, seguro, serían las primera víctimas de un país que se “echaría de cabeza a las drogas”.
Como que no nos dan mucho crédito.
Una de las cosas que no se si me dan risa o coraje es que cuando estuve a la escuela cada vez que comenzaba un curso de historia una de las primeras cosas que decía el maestro de manera categórica, como si nos estuviera revelando la verdad fundamental del universo:
“El que no conoce la historia, está condenado a repetirla”
Es decir, la principal razón para estudiar historia es conocer lo que hicieron nuestros predecesores ante determinadas circunstancias para repetir los aciertos y evitar los errores.
En el caso particular basta tomar el muy sobado caso de la prohibición del alcohol en Estados Unidos en los años veinte para saber que ocurre cuando queremos impedir el acceso de un producto que tiene demanda.
Nuestro país se ha transformado en un super-Chicago de los años de la prohibición en donde las mafias luchan por los espacios de comercialización y son capaces de corromper (o matar) a cualquier autoridad que se les ponga enfrente.
Si analizamos los resultados de la guerra contra las drogas desde los años ochentas al día de hoy podremos darnos cuenta que esa guerra está más que perdida y que cada vez que se corta una cabeza, como mítica Hidra, salen muchas más.
Dicen que el principal síntoma de locura es repetir una acción y esperar que esta nos brinde resultado diferentes a los que ha dado en las últimas diez (veinte, cien o mil) repeticiones. ¿No es un poco de locura seguir tratando al mal de la misma manera en que no ha dado resultado por más de treinta años y esperar que “'ora si podamos”?
La legalización de la marihuana en particular, un paso tan progresista que hasta pseudoizquierdistas como Alejandra Barrales o Marcelo Ebrard están en contra, es un enfoque relativamente novedoso pero que ha demostrado ser positivo en otros países.
El producto reduce su precio, el estado tiene control sobre su manejo así como su venta y en vez de invertir millones en una “lucha” que nada deja se puede invertir el dinero producto de su comercialización para programas de lucha contra las adicciones.
Tal vez no sea la panacea, pero es una propuesta nueva y progresista, sobre todo que podría llevar nueva luz a un problema muy antiguo y que su solución parece imposible.




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